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Entre hilos y propósito: cómo Carla Fernández Casa de Moda tejió una nueva forma de hacer empresa

Entre hilos y propósito: cómo Carla Fernández Casa de Moda tejió una nueva forma de hacer empresa

2026-05-04
Asael Villanueva
Artículos

En una industria marcada por la velocidad, las tendencias fugaces, la producción masiva y el consumo acelerado, Carla Fernández Casa de Moda eligió construir desde otro lugar: desde la raíz, la colaboración, el respeto por el trabajo artesanal mexicano y la posibilidad de imaginar una empresa con más conciencia.

La historia comenzó mucho antes de que existiera una marca. Desde niña, Carla Fernández recorría pueblos del interior de México junto con su padre, entonces director de museos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En esos viajes observaba las vestimentas de comunidades indígenas, los tejidos teñidos con flores, las formas geométricas de las prendas y las manos que convertían el hilo en memoria viva.

Al mismo tiempo, su madre la llevaba a tiendas vintage en Estados Unidos, donde Carla conoció otra cara de la moda; la de las vitrinas, las tendencias globales, el brillo comercial y la velocidad de una industria que suele moverse con prisa. 

Entre estos dos mundos comenzó a formarse una mirada propia y a los catorce años ya mezclaba blusas de manta con jeans y faldas bordadas con chamarras urbanas. 

Sin saberlo, empezaba a ensayar una idea que más tarde definiría su empresa: la identidad puede reinventarse sin perder su origen.

Una raíz convertida en propósito

Carla estudió Historia del Arte y Diseño de Moda, dos caminos que terminaron encontrándose en una misma vocación. En los libros descubrió el poder simbólico del textil; en los talleres, la disciplina del oficio. Pero fue en el contacto directo con las comunidades originarias donde encontró algo más profundo: la vestimenta indígena era una forma viva de pensar, narrar pertenencia, preservar territorio, expresar resistencia y sostener comunidad.

Esa comprensión dio origen, en el año 2000, al Taller Flora, un laboratorio itinerante de moda que recorría pueblos donde todavía se trabajan técnicas manuales. Carla viajaba con libretas, cámaras y la disposición esencial de aprender antes de intervenir. 

En cada comunidad encontraba palabras nuevas, patrones distintos, historias compartidas, ritmos propios y formas de trabajo que exigían paciencia.

De ese contacto surgió una de sus claves creativas: la raíz cuadrada. Las prendas indígenas se construyen muchas veces a partir de cuadrados, rectángulos, rombos y estructuras geométricas simples, mientras que la moda occidental suele trabajar con curvas, pinzas y cortes ajustados al cuerpo. 

Carla vio en esa diferencia una posibilidad donde “La raíz” representaba las tradiciones que debían preservarse y “el cuadrado”, la base geométrica de la indumentaria indígena. Esa unión se convirtió en método de diseño y en una forma de mirar el mundo.

Su propuesta empezó a llamar la atención. En 2008 recibió el premio Young Fashion Entrepreneur of the Year, otorgado por el Consejo Británico, y un año después la revista i-D la incluyó entre las cuarenta mejores diseñadoras del mundo. Sin embargo, el reconocimiento no resolvía la estructura del negocio.

El taller era pequeño, la creatividad era enorme y el talento estaba presente, pero la operación necesitaba orden.

Entonces apareció Cristina Rangel, quien había estudiado Ingeniería Industrial y también se había formado en Parsons School of Design, en Nueva York. 

Al integrarse como pasante, comenzó a hacer preguntas necesarias: cuánto costaba cada pieza, cuál era el margen, cómo se gestionaban los envíos, qué procesos sostenían realmente a la empresa y qué debía cambiar para que el proyecto pudiera crecer.

En pocos meses dejó de ser pasante y se convirtió en socia.

La dupla fue decisiva; Carla aportaba la visión artística y la sensibilidad cultural; Cristina, la claridad estratégica, el pensamiento de negocio, la estructura operativa y la capacidad de ordenar sin apagar la intuición creativa. 

Juntas construyeron Carla Fernández Casa de Moda, una empresa que produciría prendas y, al mismo tiempo, buscaría transformar la relación entre moda, comunidades artesanas y valor económico.

Colaborar en lugar de apropiarse

El propósito de la empresa nació de una contradicción profunda: en México, las artesanías representan una parte importante del PIB cultural, pero muchas personas artesanas viven en pobreza. Para Carla y Cristina, esa realidad planteaba una pregunta incómoda: ¿cómo podía ser tan valioso el trabajo artesanal para la identidad del país y, al mismo tiempo, tan poco reconocido económicamente?

De ahí surgió una brújula clara: generar bienestar económico en comunidades textiles, preservar técnicas ancestrales, dignificar el oficio artesanal y demostrar que la moda podía construirse desde una lógica más justa. 

Su lema, “un futuro hecho a mano”, resume esa visión. Para ellas, el lujo no debía medirse solo en exclusividad, también en profundidad humana, historia, tiempo respetado, colaboración real y justicia.

Desde la mirada del Capitalismo Consciente, este caso muestra cómo el propósito puede orientar la estrategia y sostener decisiones complejas. 

Carla Fernández Casa de Moda rechazó reproducir diseños tradicionales sin involucrar a sus creadores. En una industria donde la apropiación cultural ha sido una práctica frecuente, la empresa eligió un camino más exigente, el de colaborar directamente con las comunidades.

Carla pasaba meses viviendo entre artesanos, aprendiendo sus formas de trabajo y construyendo confianza. Con los años, muchas comunidades comenzaron a buscarla, atraídas por una relación basada en respeto, pago justo, capacitación, continuidad y reconocimiento. 

Su taller Marsella 72, en Ciudad de México, se convirtió en un punto de encuentro entre artesanos, estudiantes de diseño, colaboradores, ideas y aprendizajes, donde la moda dejaba de ser una práctica individual para convertirse en una conversación colectiva.

La empresa desarrolló dos líneas principales: Ancestros preserva técnicas artesanales mediante prendas hechas a mano, en volúmenes limitados, con tintes naturales y materiales locales. Ready to Wear retoma la lógica de la raíz cuadrada y trabaja con producción industrial bajo principios de colaboración y pago justo a maquiladores locales.

Ese equilibrio permitió crecer sin perder la esencia. Algunas prendas han permanecido durante años en catálogo y ciertos modelos han trabajado con los mismos grupos por más de una década. Esa continuidad brinda estabilidad a las comunidades, fortalece una cultura de confianza y permite que el trabajo artesanal deje de depender únicamente de encargos aislados.

Cultura, liderazgo y resiliencia consciente

La cultura interna de Carla Fernández Casa de Moda también se construyó desde esa lógica. Sus principios se reflejan en publicaciones como El manual de la diseñadora descalza y el Manifiesto de la moda en resistencia, donde aparecen ideas como autenticidad, permanencia, equidad, resistencia, raíz y respeto frente a una industria que suele privilegiar la velocidad sobre el sentido.

En la práctica, esa cultura se expresa en la confianza con las comunidades, la transparencia del proceso creativo, el cuidado de las relaciones, el respeto por las tradiciones, la libertad para aprender y la posibilidad de proponer. 

La empresa se ha convertido en algo más que una casa de moda: es una escuela viva de conciencia, una comunidad de trabajo, un espacio de aprendizaje y una forma distinta de entender la creatividad.

También ha sido clave el liderazgo complementario de Carla y Cristina. Una aporta intuición artística, profundidad cultural, sensibilidad creativa y una conexión profunda con el origen del proyecto; la otra traduce esa visión en estructura, estrategia, sostenibilidad empresarial y claridad operativa. 

En 2017, ambas crearon un consejo de administración con expertos en negocios y filantropía, una decisión que fortaleció el equilibrio entre propósito y rentabilidad.

Ese liderazgo fue puesto a prueba en 2020. La pandemia significó cierres de tiendas, cancelación de ferias, eventos agendados, presión financiera y una caída importante en ingresos. La crisis exigía decisiones rápidas, pero Carla y Cristina respondieron desde el mismo principio que había guiado a la empresa: cuidar primero a las personas.

Usaron ahorros para mantener sueldos, transformaron el modelo productivo y lanzaron proyectos que permitieran sostener la operación. 

Uno de ellos fue una serie de cubrebocas inspirados en máscaras mexicanas, diseñados junto con cooperativas que recibieron regalías por cada pieza vendida. 

En pocos meses se produjeron más de 70,000 unidades, adquiridas por empresas y particulares.

La crisis mostró que el propósito no sirve únicamente cuando todo va bien. Su verdadero valor aparece cuando una empresa enfrenta presión y necesita decidir qué proteger primero.

Un futuro hecho a mano

Hoy, Carla Fernández Casa de Moda continúa explorando nuevas formas de crecer sin perder la raíz. 

Busca escalar, diversificar productos, llegar a nuevas audiencias y mantener su compromiso con la justicia, la creatividad, la cultura mexicana y las comunidades que dan vida a sus prendas.

Su historia demuestra que una empresa puede generar riqueza financiera sin empobrecer lo humano. 

También muestra que el arte, cuando se conecta con la conciencia, puede convertirse en una forma de transformación social.

Como ha señalado Raj Sisodia, los negocios no solo crean riqueza económica; también pueden crear o destruir riqueza emocional y espiritual.

Cada prenda de Carla Fernández lleva algo más que diseño. Lleva comunidad, memoria, colaboración, oficio, tiempo y la visión de dos mujeres que decidieron imaginar una empresa distinta. 

En un mundo que muchas veces confunde éxito con velocidad, esta casa de moda recuerda que también se puede crecer despacio, con sentido y con respeto.

Al final, el futuro más valioso quizá sea ese: uno que se construye puntada a puntada, con manos que crean, comunidades que colaboran y empresas que entienden que el propósito también puede ser una forma de belleza.

 

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